Artigo para Agosto, 2006

A vueltas con el ratón…

JTC (Por la tanscripción))

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George Washington protesta…

El que sería primer presidente de Estados Unidos (de 1789 a 1797) asistió una noche a una cena en casa de unos amigos. Al estar sentado de espaldas a la chimenea se quejó del calor.

Su anfitrión le dijo: ”Señor, ¿por qué os quejáis?. Un general debe estar acostumbrado al fuego”.

Washington, con experiencia en el tema, le respondió : ”Sí, pero no por la espalda”.

Ángeles Vieites (Extraído de “Historia y Vida”)

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MEMORIAS DE UN JUBILATA EN VERANO (6)

Milonga sentimental

Unos días antes de que este caluroso estío se viese interrumpido por la bestial oleada de incendios que asoló nuestros montes, tuvo lugar, aquí en Panxón, un delicioso espectáculo que bajo el título de “Milonga sentimental”, figuraba un recorrido musical desde la Argentina de los arrabales de Buenos Aires hasta las inmensas y recias llanuras de la pampa.

Componíase el elenco de tres músicos, bandonéon, piano y contrabajo, un vocalista y cuatro bailarines, alternando los tangos interpretados con una voz grave y poderosa con las exhibiciones de los bailarines y las demostraciones del virtuosismo de los músicos.

En la noche cuajada de estrellas y bajo la copa del enorme olmo que cubría el escenario, nos trasladaron aquellos artistas desde los viejos barrios de los arrabales de Buenos Aires, donde el tango nació, hasta los elegantes salones de la capital donde, una vez aceptado por la “alta sociedad” avalado por su aceptación en el París de los años veinte, se impuso como obligada diversión en sus fiestas y saraos.

A su paso por la pampa, nos hicieron vivir la hermosa y dura vida de los gauchos y sus mujeres. Repicaba sobre el tablado su sonoro taconeo, que recordaba el zapateado del flamenco, acompañado del frenético golpear de las “boleadoras” con las que estos centauros de la pampa atrapan los avestruces y terneros.

La música cálida y arrastrada de tangos y milongas, las danzas bravas y camperas de los gauchos, transformaron el arenal alborotado y ruidoso del día en un espacio, en la noche tibia, entrañable y mágico.

Me acordé de Carlos Saporiti, redactor de esta revista, y argentino afincado aquí. Estoy seguro, amigo Carlos, de que hubieras disfrutado en esa noche con la música de tus pasisanos.

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Diario de un minero (II)

Na más llega l’autobús tos me saludan. Soy l’último.
-Bon día Antón, que non t’has quitao les llagañes.
-¿Vies el domingu ver el Xixón?
-¿Cuandu te casas Antón? Pa que traigas otra cara, que prece que vies d’un funeral tolos días.
Y coses ansí me dicin, ye buena xente, ye que embromian. Pero al pocu me siento, y tos callan, saben que non me gusta qu’estorben cuandu anoto nel cuadernu.
Media hora ye de viaxe, pero non se pue ver el panorama, tou ta negro.
Al llegar dimos a l’entrada. Na galería principal espéranos l’ascensor pa fundirnos embaxu. Ainda tárdase en llegar al puestu. Tras doce añus na mina, remirar les vetes, l’estracción, dexó de ser novedad, agora tou ye rutina, el trabayo fíxose costume, ansí qu’esti tiempu ye pa dedicalo a pensar en Adamira, cola qu’estoy deseando casar, pa’enxendrar una familia, pero nun aquí, porque tamén quiero tar llimpiu, sin esti tizne chafarrinau enriba un, comu si fuer otre piel.
Equí puedo mirala, llevala de paséu por los montes, fartame de sol e cielu allá enriba, rebozanos xuntos nel prau, sentir l’olor del campu, frescu’y limpio. Atender el buatu del vientu ente los castañus y los pindius, l’olor de les pomarades, atopar fresas brillantes y encarnadas comu los llabius de mi moza.
Préstame tar con ella baillando hasta reventar, hasta que nun pue más el cuerpu, hasta que me diz sofocada y sonriente:
-Ten Antón, para un poco, déxame descansar.
Ye que tenela abrazada, ellí en mediu de tous, sin que naide pueda dicir, ye comu si tuviéramos sos, anque ta llenu de xente.
Equí rincando la piedra a les entrañes del monte, casi tou ye silenciu, pordecir s’oye más que tolos picus golpiando la peña, na más qu’eso. Picando tou‘l tiempu, poniendo negro‘l aspecto nel fondo de sacu y col mieu perenne d’un derrabe. Qu’estoy a más d’un kilómetro de la superficie, cualquier cose pue suceder, pero mi Señora, mi virxencita de Covadonga prótexeme e non permitirá ningún daño más nesti infierno, que ye abondu tar nel.
Ansí se van les hores, trabayando, picando to seguido, sin dexalos sueñus, hasta que llega’l momentu de xintar. El bocáu que preparó ma y un pocu de lleche. Préstame la lleche porqu’ye blanca.
-Eh, Antón, ¿Sabes que mañana encomienza a trabayar el mi fio?
-¿Vas traelo a la mina?
-Falé ya col capataz, ta admitido, y les perres fan falta si quiero sacayos alantre a tous.
-Traer el fíu pa la mina.
-Equí trabayo yo hai veintitrés añus, porque non va‘l facelo mesmo que su padre.
-Tu sabrás que faes.
-Oye tu, ye lo qu’hai
-Yo buscaré la manera de llargar d’equí. Non aguantaré mucho tiempu.
-Ye pa eso qu’anotas tantu n’ese malditu cuadernu.
-Eso son coses míes.
-Mira rapaz. Esto ye lo que tenemos, esti ye un trabayo honrau e la familia tien que sair alantre.
-Bonu, bonu, ca un ye ca un.
-Ansí ye y espero que mañana l’eches una mano.
-Eso per descontado
-Gracias Antón.
Otre víctima p’aquel infierno. ¿Pero comu se pue baxar tantu pa buscar la vida? ¿Esto non ye atentar contra Dios? Arrancala montaña sos tripas non pue ser bonu, digo yo.
Ansí ye tolos días, monótonos, comu‘l ruido del golpeteo de los picos na pared.
Les hores van llentas, va llegando la fatiga, e l’única llume qu’entra ye saber que dientru pocu taré con mi Adamira. Daremos un paseo pel bosque y lluéu de torna, nel bar que tien su padre, pimplaré unes sidres colos compañierus y azumbando pa casa qu’hai que dormir tempranu.
Pero tou a su tiempu. De momentu ainda tengo qu’achicar estis hores más duras que la negrura qu’arrancamos. Ni siquier se pue cantar, per cuanto menos respires d’esti velenu meyor.
Cuandu‘l tiempu se queda enterrado ellí cola vida, l’ascensor y p’enriba, a la luz. Cola capa de polvu negru que llevas en les pestañas, el sol non pue deslumbrate y pues resistilo, anque ye pocu. To el sol ye pocu pa quien trabaya la mina. Otru viaxe de torna a ca y llega pa mi‘l momentu gloriosu, bañar tou mi cuerpu baxo l’augua y arrancar parte de la cotra que m’ensucia la piel, porque toda non saye, hai parte que se queda dientru, comu eses piedres que yes salen manches porque llévalas dientru, ansí nosotrus tenemos manchada l’ánima y per mucho que t’arranches la piel restregando, la mancha quédase dientru.
Por fin puedo salir e atoparme con ella un mizcu, ye un pocu de tiempu, ye un rato nel paraíso en compañía d’un anxel, eso ye la moza mía, dame vida cuandu pon sus güeyus en mí. Bésame e morro ¡Qué guapa ye!
Que dichosu el ratín de’estar soyos, que bien pocu ye, comu una migaxa de pan que s’escurre casi ente los deus, casique non puedo saborealo. Ansí se me va‘l dia con esti cierru d’oru en les hores de plata. Ya so queda llegar a ca, quesu, pan, lleche e dormir, soñar un pocu antes de meteme n’ese otru pozu negru del qu’espero despertar, so pa volver al infierno.

En la prensa se publicó así la noticia:

Fallece un minero al quedar atrapado en un desprendimiento de carbón en Asturias

La víctima se encontraba en la planta 14 de esta explotación de antracita
a unos 1.300 metros de profundidad

Estrella Digital/Efe

Oviedo

El barrenista Manuel Antonio Ardura Bermúdez, de 40 años, casado y con un hijo, falleció ayer por la mañana al quedar atrapado por un desprendimiento de carbón. Manuel se encontraba trabajando en el interior de la mina del Grupo Rasa de ‘Antracitas de Tineo’, en el suroccidente de Asturias.

Según informaron fuentes de la empresa, el accidente tuvo lugar hacia las 10:30 horas de ayer cuando el trabajador fallecido se encontraba en la planta 14 de esta explotación de antracita, a unos 1.300 metros de profundidad, en compañía de otro minero.

Al parecer, el minero quedó atrapado al producirse un “derrabe” (desprendimiento) de una capa de carbón de unos seis metros, que le dejaron sepultado. Pese a que fue auxiliado inmediatamente por el compañero que se encontraba trabajando con él en las labores de extracción de carbón, el trabajador fue sacado ya sin vida al exterior de la mina.
Este es el quinto accidente mortal que se produce en la minería asturiana en lo que va de año
Tras el accidente, las labores de extracción de este pozo de la empresa privada ‘Antracitas de Tineo’, en el que trabajan cerca de un centenar de mineros, quedaron paralizadas.

Este es el quinto accidente mortal que se produce en la minería asturiana en lo que va de año, después de que el pasado 8 de septiembre falleciese un minero del pozo Carrio de la empresa estatal Hunosa, al ser alcanzado por un costero.

Así recogieron los periódicos la noticia. Que no es la misma, después de haber leído su diario.

Relato de Jesús Muñiz

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EL ARBOL

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Diario de un minero

Al día siguiente partimos muy de mañana. Fue un viaje silencioso. Tineo estaba de luto, paralizado y tenso, con un murmullo de indignación y pena en el ambiente. Acompañé a mis primos a casa del fallecido. Fue un momento excesivamente doloroso y emotivo cuando la viuda se abrazó con Nadina, mi primo es muy sensible y sollozaba como un niño, yo quedé paralizado, la tensión era insoportable; sentí un gran alivio cuando me la presentaron y pude manifestarle mi pesar con un abrazo. No conocía de nada a Manuel Antonio, pero su presencia gravitaba en el hogar y en el dolor de su gente. Me siento incapaz de describir el entierro.
Cuando volvimos a la casa acompañando a la viuda, el salón se llenó de gente que le expresaba sus condolencias; se formaron corrillos que comentaban la inseguridad en el trabajo, la necesidad de organizar una huelga de protesta. Me sentí mal allí, fuera de lugar, así que me encontré dando vueltas por la casa. La puerta del dormitorio estaba abierta, al pasar pude ver la ropa del difunto sobre la cama, la que llevaba puesta cuando se produjo el accidente. Su mujer insistió que lo vistieran con el traje de boda para enterrarlo. Me impresionó la alcoba, allí habían vivido su amor, truncado ahora por la desgracia. Pensé en la viuda, en la soledad de sus noches a partir de ahora. Allí me encontraron Nadina y su hermana. Me sentí confuso, pero ella me abrazó con afecto, dándome las gracias por compartir su dolor. Se sentó en la cama, palpó con sus manos las ropas como en una caricia y al hacerlo, notó algo, metió la mano en un bolsillo y sacó un cuaderno, lo acunó contra su pecho y con un suspiro interminable cerró un momento los ojos. Después de un largo silencio, se levantó, abrió un altillo del armario y lo dispuso junto a otros muchos que allí había. Nos dijo que su intención era quemarlos, no quería que alguien hurgara en su intimidad. En aquellos cuadernos Manuel Antonio lo anotaba todo, desde que ella recordaba, desde antes de conocerlo. Ella nunca había curioseado en sus notas, no iba a hacerlo ahora.
Mas tarde, acallando mi conciencia, sin querer pensar si lo que hacía estaba bien o no, procuré escabullirme para volver al dormitorio. Allí, en un abrir y cerrar de ojos, cogí uno de aquellos cuadernos. Al fin, pensé, si los va a quemar no va a notar que falta uno.
Leerlo me costó bastante porque estaba en bable y la letra era poco legible. Por la noche, en un hotel de Candás, la intimidad de aquel minero asturiano me hizo llorar. Era un diario de hacía trece años. Decidí quemarlo, tal y como su viuda dijo. Al volver a casa, sin embargo, antes de hacerlo desaparecer, no pude resistir la tentación de escanearlo y guardarlo en un disquete. Ha pasado tiempo y un día, pasando mis viejos archivos a una versión más actualizada, me encontré con el diario. Me emocionó de nuevo.Así que decidí pasar a limpio un fragmento, un día en la vida del infortunado minero. No se nada de bable ni de minas y como digo la letra no es muy legible, así que he tratado de recomponer el texto lo mejor que pude.
(Continuará)

Relato de Jesús Muñiz.

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MEMORIAS DE UN JUBILATA EN VERANO (5)

Triste verano

Leo en los periódicos que en estos días, en Pontevedra y A Coruña, ha ardido más monte que en todo el año pasado. El jueves pasado, en la ensenada de Bayona podían verse hasta cinco hidroaviones pasando una y otra vez, en vuelo rasante por encima de los bañistas, para cargar agua y arrojarla encima de los montes de La Groba.

En estos días que deberían ser radiantes de luz y calor, el disco solar se oculta tras una bruma de ceniza y humo.

UNA LUCHA DESESPERADA
La gente pasea por la playa y contempla asombrada el incesante ir y venir de los aviones. Mientras los bañistas se refrescan en el agua miles de personas se esfuerzan en su lucha contra las llamas, una lucha desesperada y desmoralizadora pues, por más que se esfuerzan, cuando un incendio parece haber sido dominado, otro brota más allá.

Por el humo se sabe dónde está el fuego, dice el refrán. Y es verdad. Pero por el fuego no se sabe casi nunca dónde está quién lo provocó. Y averiguarlo es difícil, muy difícil. Tan complicado como descubrir los autores de un acto terrorista. Estos pirómanos criminales operan en el anonimato y lo tienen todo a su favor para causar el terrible daño sin ser descubiertos.

¿QUÉ PODEMOS HACER?
¿Qué podemos hacer los demás? ¿Contemplar impotentes como el fuego, verano tras verano, arrasa nuestros montes y amenaza viviendas, patrimonios y aún vidas de los de los que pilla su alrededor? ¿Qué panorama será el que nos encontremos cuando lleguen las lluvias? Montes calcinados, fincas arruinadas, casas quemadas…
No nos queda sino mentalizarnos de que en esta guerra contra el fuego debemos ser beligerantes, ayudando a crear una presión social lo más intensa posible para que el pirómano, el criminal que se esconde para hacer fuego sea castigados por leyes más duras de las que existen, que las autoridades se tomen esto en serio, dándole a este problema la importancia que tiene, que parece que hay que esperar a que cada año sea peor para tomar medidas que tienen más de improvisación que de prevención.

Estas memorias del verano, la estación de las vacaciones y el esparcimiento, deberían ser alegres y relajantes, pero este panorama devastador y triste de los incendios que cubren el cielo de ceniza y ocultan el sol, le encogen a uno el ánimo y le hacen desear que llegue el otoño de una vez.

J. Trigo

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LA LUZ JUNTO A LA PUERTA DE ORO

Miró a su interlocutor tras las diminutas gafas, con los labios apretados, mientras palpaba su bolso con un gesto imperceptible.
-La Net White quiere que te felicite por tu trabajo, tu eficacia y responsabilidad.
-¿Le puedes las gracias de mi parte por su reconocimiento?
Su cara permaneció hermética. El no podía soportar su mirada de acero y bajó la vista hacia el monitor. Allí estaba su ficha: Dora Quigley, 11 septiembre 1958, Irlandesa. Técnico en redes, bases de datos, programadora en lenguajes de alto nivel …
En la foto lucía una atractiva melena. Ahora con el pelo tan corto apenas se notaba que era pelirroja. Aparentaba más joven.
-Comprende que esto es muy difícil para mi.
-¿Difícil? Este es tu trabajo, ¿no?
-Yo…
Se puso en pie, se movió despacio hacia su espalda. Ella procuró no alterarse cuando el puso una mano en su hombro.
-Dora… No soporto este silencio. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué quieres que haga? Habla, dime algo, por favor, insúltame, golpéame, todo menos quedarte así.
-Nada tengo que decir.
-Pero…
-Nada que hablar. Todo está dicho entre nosotros. Fuiste muy claro.
-Pero…
-¿Qué pretendes?
Se volvió hacia él. Ella sentada, el de pie, era una posición incómoda para ambos. Se sentó.
-Nada, no pretendo nada, solo que… no quiero que las cosas sean de este modo.
-Haberlo pensado antes, ¿no crees?
-¿Qué podía hacer?
-¿Qué podías hacer? Tu sabes lo que podías hacer. Mejor aún, sabes lo que no.
-De acuerdo, de acuerdo. Tienes razón, cometí un error, me equivoqué, ¿cómo volver atrás?
-No, no puedes porque no cometiste un error. Tomaste tu decisión, una decisión egoísta, fuiste duro y cruel. Solo te reprocho que no me lo dijeras antes, hubiera tenido la posibilidad de elegir.
-Dora, no insistamos más en eso. Este diálogo no lleva a ninguna parte.
Se irguió de nuevo, fue hacia la ventana. Una mañana hermosa, de cristal, que ella rompió con su tono cortante.
-Está bien. ¿Para qué me has llamado?
Se volvió para mirarla. Parecía un chico travieso con aquel corte de pelo.
-Te he llamado por una cuestión estrictamente laboral. Entiende que no hay nada personal en esto.
-No te preocupes. No hay nada personal entre nosotros.
Ladeo ligeramente la cabeza, suficiente para que el no viera como se mordía los labios con rabia contenida.
-Esto es difícil para mi.
-¿Eso quiere decir que es malo para mi?
-En realidad no tendría que hacerlo. Pudo haberse encargado otro de esta entrevista, pero quise hablar yo contigo.
-No comprendo. Te contradices. ¿No has tomado una decisión? Tu quieres que me vaya de tu vida. ¿No es eso?
-No quiero que te vayas de mi vida.
-¿Qué quieres hacer? No tengo ningún derecho, ni a pedirte explicaciones, ni exigirte nada, así que cuanto antes dejemos de vernos, mejor para ambos.
-¿Tanto me odias?
-No seas melodramático.
-¿Me quieres?
-Esa es una pregunta que no debes hacerme.
-Perdona.
Ahora fue ella la que se levantó. Metió la mano en su bolso para coger la cajetilla de tabaco y rozó el frío metal. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando el cielo azul surcado por la línea blanca del humo. Se quedó de espaldas, él la miraba a contraluz. Ella se quedó mirando la estatua, magníficamente iluminada por el sol de la mañana; aquellas palabras esculpidas en su base: “yo levanto la luz junto a la puerta de oro” le pareció que cobraban realidad.
-Dora, comprende. Se que es difícil, entendí que tu no querías seguir así. De alguna manera quise que no te preocuparas más de…
Se volvió. Por un momento pareció que iba romper aquella costra de indiferencia que mostraba, pero mantuvo el control, y habló con frialdad.
-¿Qué no me preocupara?
-Incomprensible ¿verdad?
-Acabemos ya. Esta conversación es inútil. Nada te digo y nada me dices.
Avanzó hacia ella intentando sonreír con simpatía, pero no consiguió más que una mueca.
-Cometí un error.
-No insistas. No fue un error.
-Debí callarme.
-No, está bien que hablaras, solo que lo hiciste en el momento equivocado.
-No fue algo premeditado.
-Lo decidiste sobre la marcha.
-No es tan sencillo.
-Me dejaste en una situación insoportable..
-Te pedí perdón.
-Me sentí humillada.
Se había vuelto ligeramente y el sol le daba en el rostro. La luz en sus ojos había quitado agresividad a la mirada. Se acercó más a ella. Quería…
-Dora, mis sentimientos por ti no han cambiado.
-Eres un cobarde. No te creo.
-Ya.
-¿Porqué estoy aquí? ¿Porqué me has llamado?
-¿Estás enterada de los planes de jubilación anticipada?
-Ya comprendo.
-No, estás equivocada, verás…
-¡Qué bien! Has preferido decírmelo tu. Es tu especialidad ¿no?. Disfrutas con ello.
-Por favor, Dora. No sigas por ahí…
-¡Qué estúpida!
-¡Dora!
Quiso abrazarla, ella lo rechazó, en el forcejeo se le cayó el bolso. Se oyó un fuerte ruido metálico al golpear contra el suelo. El se extrañó.
-¿Qué llevas ahí? –Le dijo, recogiendo el bolso del suelo.
-¡Deja mi bolso!
Dora se abalanzó, arrebatándole con violencia descomedida el bolso de sus manos.
-¡Pero que!…
Salió a la carrera del despacho. Alcanzó a entrar en un ascensor que bajaba, al tiempo que se cerraban las puertas. Quería desaparecer, tenía ganas de llorar, de gritar, se sentía tan humillada e impotente. Llegó a la calle y se echó a andar sin mirar atrás. No sabía hacia donde iba. Sonó su móvil, contestó sin dejar de caminar, era su madre, su madre felicitándola por su cumpleaños, había olvidado que era once de septiembre: hoy cumplía cuarenta y tres años…
Ahora a quince mil pies sobre el mar, se siente reconfortada pensando en los brazos mimosos de su madre y se aleja de la puerta de oro. Aquella amalgama inmensa de ceniza y escombros ha engullido todo su pasado.

Jesús Muñiz

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LAS TRES REJAS

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