En el ascensor pulsó el seis. Se dirigió a la puerta C, introdujo el llavín y abrió. Le extrañó que no hubiera luz en la cocina, lo normal es que Celia estuviera ocupada con la cena. Dejó la gabardina en el perchero y miró hacia el pasillo. Toda la casa estaba a oscuras. A pesar de la sorprendente situación, siguió haciendo lo habitual, entró en la alcoba, quitó las botas y se calzó las zapatillas. Fue hacia el salón, abrió la puerta y dio al interruptor. ¡Vaya, al fin! Su querida niña se había dormido en el sofá. Sonrió al verla, tenía aquel gesto duro en su semblante de cuando dormía. Realmente era muy distinta a como se la veía ahora, pues era de carácter dulce y amable, continuamente sonreía. Solo mostraba el gesto ceñudo cuando cerraba los ojos, seguramente la dentadura postiza le provocaba aquel aspecto dormida. Su cara no era el espejo del alma, porque siendo apacible y bondadosa, parecía enfadada y esquiva. Se aproximó, se sentó a su lado y le dio beso.
¡Se sobresaltó! Al poner los labios en la mejilla la notó fría, ¡Fría!… El ambiente estaba fresco, pero la percepción que tuvo era anormal, sintió algo distinto, inusual, en sus labios notó como una descarga. ¿Por qué?. ¿Qué estaba ocurriendo?. Se desconcertó, no reaccionaba, ni se movía, se sintió incapaz de pensar en nada, salvo en la desagradable sensación que acababa de experimentar. Ahora la quietud del cuerpo de su esposa le alertó. Acercó la mano a su rostro, con cierto temor; no quería tocarla, pero tampoco reprimir el impulso de hacerlo. Al sentir el contacto de la piel en sus dedos, percibió con toda claridad la frialdad inerte del cuerpo. Sintió un escalofrío, se le agitó la respiración, las manos le sudaban y temblaban sus piernas. No podía creerlo, ni podía ordenar su pensamiento. El corazón le palpitaba con fuerza, su esposa estaba allí, quieta, exánime, fría. Al tocarla percibió una piel entumecida y una idea surgió de la niebla que parecía haberse formado en su cerebro, era un cuerpo sin vida ¡Sin vida!
No daba crédito a lo que sentía. Volvió a tocarla, una y otra vez, palpó su rostro, puso la mano en su pecho, la agitó, intentó moverla, quiso levantar sus párpados, todo inútil. Ahora se movía con rapidez, acelerado, nervioso, respiraba con dificultad, le faltaba el aire. No había signos de vida en su mujer. La idea fue haciéndose real en su cerebro, y de repente le abatió como si una maza le hubiera golpeado: ¡Estaba muerta!
¡Muerta! Se puso en pie, sujetando la cabeza entre las manos, queriendo ahogar el dolor profundo que le taladraba; era insoportable, se ahogaba, miraba el cuerpo sin vida, quería gritar, necesitaba ayuda, quería gritar, pedir socorro, auxilio, se ahogaba, se ahogaba, no podía respirar, ni gritar, bloqueado, su cerebro estaba vacío, en blanco, desorientado, los ojos abiertos, extraviados. Vivía una pesadilla, quería hacer algo, pero ninguna parte de su cuerpo le respondía, el dolor cada vez más intenso le atenazaba, respiraba con alocada ansiedad, y su corazón palpitaba irregularmente, sentía un mareo insoportable. Tenía que hacer algo, ¿Hacer qué?. ¡Muerta! ¡Muerta!
Era la única palabra que venía a su mente. Nunca se había encontrado la muerte tan cerca. Jamás vio morir a alguien. De repente se encontraba ante una situación insufrible. Su dificultad para respirar era mayor por momentos, sintió náuseas, empeoraba a cada instante, apenas podía tenerse en pie, quería gritar, gritar, romper aquel silencio espantoso que le aplastaba, concentró todas sus fuerzas, se esforzó al máximo, pero el dolor se le había enroscado en la garganta como un cable de acero, apretando más y más, impidiéndole emitir sonido alguno, puso toda su voluntad en ello; en su mente lo hacía, con fuerza, cada vez con más vigor, hasta que todo su terror explotó en un grito horrendo, que llevaba toda la angustia acumulada; gritó, con desgarro, destrozando su garganta, convulsionado, como un poseso, y siguió, siguió chillando, sin poder parar, ni frenar, ahora toda su vida y su dolor se escapaban en aquel alarido horripilante, empapado en sudor y lágrimas, con el rostro crispado y la mirada perdida… No podía controlarse, a pesar de aquel dolor agudo que le perforaba de abajo arriba, siguió y siguió gritando hasta que la voz se le fue rompiendo, hasta que ya no quedaron lágrimas en sus ojos, hasta que el padecimiento fue tan intenso que le derribó sobre el cuerpo de su esposa, fulminado, como si hubiera recibido el impacto de una bala.
El dolor le había partido el corazón.
Jmg.